miércoles, 28 de mayo de 2014

lluvia.

Qué va a hacer uno de la vida, si ésta va y va y se desvanece en el camino grumoso. Y el trayecto duele. Duele el peso del ser. El yunque del tiempo. Y las máscaras y el llanto escondido. Y el amor que nunca termina de funcionar para una mente con nudos. Palabras vacías para una existencia igual de vacua. Me miro como el desierto. Días o años sin indicio de sentido. La sensación eterna de deseos incumplidos, de miedos incrementados. El querer convertirse en lluvia. De tener ese torrente, poder evaporarte, caer como pequeñas chispas o como tormenta, del fluir en un constante ciclo. Cuando ni la luna te alivia, ni la luna ni la música, solo el silencio. De este vacío llenarlo con el vacío de una ausencia, de la constante caótica, del alivio de la vida, del perecer en este hoyo negro, en el estancamiento de la línea del tiempo, del miedo de una realidad preestablecida, de un descontento al presente que viene del pasado y se traslada al futuro imaginario. Que viaje mi mente traducida a un alma inexistente. Que se agoten mis fuerzas para un lugar no presente. Que mi paz provenga de un mundo que no sea este.



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